(10/05/2007)
Esta entrada es sólo para dejar constancia de lo que he hecho estos dos meses que no he escrito nada, para no olvidar en qué me he ocupado, pero al resto del planeta probablemente le aburra. El que avisa no es traidor.
Hoy me puse a programar la semana de después de vacaciones con Maike y, al pasar la página del organizador, vi la palabra FIN. Dos semanas y fin del trayecto, bitte hier alle umsteigen. SI lo pienso me pongo tristona, cómo voy a echar de menos pasear en bici por el centro, Feldstrasse, Sankt Pauli, Sternbrücke, dos horas pedaleando por el centro el primer día que tuve la bici, que la noche anterior no podía dormirme de la emoción, Hauptbahnhof, casa de Ruth, Mönkebergstrasse, Rathaus, Rödingsmarkt, y sacarle la lengua al turista mono que después se reía a carcajadas, Ottensen, cantando Sugar Baby Love, la iglesia de Michaelis y a casa, a subir cuatro pisos… y la cuestecilla que tengo que subir al salir de casa, vaya a donde vaya, porque vivo en el puerto, en lo que debe ser el punto más bajo de Hamburgo, rodeada de cuestas que suben (arriba y arriba y abajo y abajo, haciendo palmas arriba y arriba… esta era la mari bailando mayonesa en mi casa de antes, antes de ir a Dinamarca, de hacernos pasar allí por las mujeres árabes de César, de que mari se ligara a los camareros italianos y al doble de Scorsese, Tomasino; antes de ver el canal porno-navideño en el hotel, antes de que volviéramos a Hamburgo y yo me fuera de picnic un sábado y al volver, en el intermedio de Operación Triunfo, los teutones me echara de casa).
Antes de eso, también, Marcos y yo habíamos visto Bonnie and Clyde y yo me había enamorado de los dos protagonistas, B&C, porque los otros dos allí presentes (Marcos y yo) no hemos conseguido enamorarnos en todo el año (me he perdido un novio infernal y he ganado un desastre de amigo). Volviendo a Warren Beatty y Faye Dunaway, me enamoré un poco más de ella porque soy superficial y admiro tanto la belleza, pero de los dos en general porque corren hacia el final del camino sabiendo que éste se acaba pronto y que acabarán despeñándose. Entonces una se pregunta por qué esta actitud parece reprochable, renunciar a los (de media) 50 años que me quedan por delante a cambio de llevar una existencia fatal como Bonnie y Clyde, con fecha de caducidad de semanas, y lo único que justifica que no me una a ellos es que supongo que los años que están por venir aún me deparan algo bueno, por eso no estoy dispuesta a renunciar a ellos a cambio de pegar cuatro tiros y convertirme en la Curro Jiménez del nuevo siglo. Su falta de respeto por la vida humana tampoco termina de convencerme pero este escrúpulo parece muy fácil de superar, a juzgar por los telediarios. Todo es ponerse… Y cómo me puse aquella noche! me puse estupenda y acabé en el Golden Pudel charlando con Elías (bueno, lo de las charlas etílicas es tema aparte, suelen ser más bien monólogos superpuestos….) En fin, hablando sobre Bonnie y Clyde, el final del abismo, Nietzsche y la subjetiva moral occidental, porque “matar a alguien no deja de ser irrelevante para la humanidad, y nos parece moralmente reprochable pero no lo es objetivamente”. Que conste que la cita es de Elías, que me supera en incorrección política, y que la redactora del blog no se hace responsable de las opiniones ajenas aquí vertidas. De hecho, llegados a este punto de la conversación, me quedé en blanco, dejé a Elías-Ron para ir a por otra copa y me propuse dejar de juntarme con gente inteligente.
Luego vino Sara, dos meses después de que nos quedáramos atrapadas en una discoteca porque no teníamos dinero para pagar nuestras consumiciones a la salida, aquella noche que nos creímos Nicole Richie y Paris Hilton con sendas tarjetas de crédito, que acabamos pidiendo dinero al eterno pretendiente de Sara (“para algo está”, jajaja) Esta vez vino Sara a Hamburgo y ese fue el principio de la vida social intensa, la primavera trompetera, y el principio de mi desrutización, después del conflicto de las entradas del Rey León y de sus visitas organizadas y sus intentos de desorganizar las mías (pero Sara vino, con sus tendencias al laufendes botellón, y a base de “No es por nada pero ¿sabes que…?” me gané una adepta en aquella particular guerra. Yo también lo habría hecho por ella).
Después de Bonnie y Clyde llegó la temporada de los picnics, de madrugar los sábados para ir al parque, hasta que me echaron del piso con 2 días de aviso y descubrí el lado chungo de los alemanes, de mis putos ex-compañeros de piso, que me trataron como a una desconocida pesada después de 8 meses de convivencia y favores mutuos, que me quitaron la tarifa plana para llamar a España y me avisaron cuando ya llegó la factura-susto, que me daban largas para devolverme 40 míseros euros (y me las siguen dando), que me dejaron en la puta calle porque se acojonaron como ratas, que también han tenido que abandonar el piso y pagar cada uno mil euros por un problema con el contrato… y esto último me ha hecho reconciliarme con las recompensas del destino, y así no les he montado una bronca cojonuda, porque creo que la vida les está devolviendo todo lo que dan. Gente tan miserable como ellos acaba llevando una existencia miserable, es cuestión de tiempo. Tolero y practico varios niveles de putada, pero esta superó un límite no escrito: el que distingue lo canalla de lo ruin. Al parecer, tal límite no existe en Alemania, como tampoco existen casi todas las normas no escritas relacionadas con el comportamiento social, con no abusar de la confianza ajena.
Pero busqué y encontré, sin perder la sonrisa, un piso con vistas al puerto, con sonidos de sirenas de barcos que se van, con vecinos portugueses que hablan a gritos por el patio de luces, con permiso para alojar en la nueva casa a los 5 amiguitos españoles que me visitaron: dos lucecitas y tres maromos. Salimos por Hamburgo, las parejas se pelearon por culpa de las putas del puerto (aún no sé si estaban celosas ellas o ellos), nos perdimos en un bosque cerca de Lübeck, hicimos un picnic sin sal ni platos ni cubiertos ni mantita (vamos, con fuego y salchichas) y alquilamos una furgoneta para ir a Gröningen. Momento exhibicionista: en el atasco antes de la frontera holandesa abrimos la puerta lateral de la furgoneta y dentro bailamos y cantamos todos la música de Grease, para disfrute de los conductores que nos pasaban en el carril contiguo. Momento holandés: en el centro de Gröningen nos da la risa a los seis, tanto que no podemos casi tenernos en pie (motivo: “¿Cuál es tu videojuego favorito?” “Pokémon” “¿pokémon? ¿po qué sí? ¿po qué no? Brlbrlbrl” jajaja…) Momento lucecita: (frente a un mapa) “Mira, en este punto pone Usted está aquí… ¿eh? ¿Cómo que estamos aquí, tan lejos del centro? No me sitúo…” [Estaba mirando la leyenda del mapa. Cuesta creer que me dieron una beca]. Cuando se fueron me acosté por la tarde para dormir la siesta y me desperté a las 11 de la mañana del día siguiente, así de rota me dejaron. Pero los quiero. Como a Ana Mari, aunque me dejara tirada en una parada de metro berlinesa, ante un vagón completo que se reía DE MÍ, y aunque se enfadara porque la desperté para dormir cinco minutos antes de ir a la comisaría a hacer una interpretación alemán-voy-más-pedo-que-alfredo-español y viceversa.
Uy qué sueño tengo! Con esto me he puesto al día y tendré suficiente que leer cuando me jubile y me apetezca llenar mi tiempo libre recordando mi tiempo en Hamburgo.