Qué casualidad
El luthier me acaba de pillar mirándolo.
El luthier me acaba de pillar mirándolo.
Desde mi ventana puedo ver el taller de un luthier que no sabe que lo espío mientras trabaja.
Todos los días, de lunes a viernes, se me escapa el autobús y sólo llego con tiempo para verlo arrancar.
Después de atravesar burocracias miles para solicitar otro año como becaria, he leído un post que huele a croquetas y calamares, a erizos y sabinas, a plazas antón martín y calles hortaleza, y vuelvo a estar hecha un lío.
Hoy ha salido el sol cinco minutos y era un sol de verdad, del que da calorcito.
Le prometí a mi compañero que le regaría las plantas mientras estaba de viaje y, después de dos semanas incumpliendo la promesa, el domingo las ahogué.
Cuando estoy sola en casa hablo con el perro. En español.
En mi contrato hay una cláusula que estipula mi no pertenencia a la iglesia de la cienciología.
Estoy estresada y tengo la sensación de que, por mucho que haga, siempre quedará más por hacer, y que si no lo termino todo antes de irme el sábado, mi vida será una catástrofe. Ya ves tú, Marta…
Acabo de llegar del cine, de ver El último tren, y no sé si estoy triste o contenta. Ni siquiera sé si es buena. Volver a oír acento uruguayo me ha descolocado, después de tanto tiempo.
Lo más honesto que han hecho los políticos españoles últimamente es ponerle ritmo de pasodoble a los programas electorales. Con este gesto han reconocido abiertamente algo que todos intuíamos: que la política española es un circo. Y tal alarde de honestidad me supera. Propongo que haya mujeres barbudas amenizando los mítines, que en los debates electorales los televidentes podamos elegir qué candidato debe ser expulsado mandando mensajes, que la revista Bravo regale pósters tamaño A3 de Rajoy y Zapatero (y, por qué no, del Villepin, que saber algo de política internacional nunca está de más. Y además, el hombre tiene un puntito…).
Yo siempre me había avergonzado de la política de nuestro país, y en el cole me preparaba charlas que no pasaban de la muerte de Franco. Llegaban los ochenta, la movida madrileña, algún acontecimiento suelto de los noventa y escurría el bulto. Porque me daba vergüenza contar nuestra realidad nacional en un país como Alemania, donde el bien común prima sobre cualquier ambición individual. ¿Cómo van a entender ellos la corrupción inmobiliaria, las treguas de ETA malditas por la falta de unidad, todo lo que rodea al 11-M? ¿Marina d’Or, ciudad de vacaciones? ¿Cómo explicarles que España está dividida en buenos y malos, y todas las acciones que provengan de uno u otro bando siempre serán inaceptables para los de enfrente, independientemente de su contenido, sólo por su origen? Es imposible no sentir vergüenza cuando una piensa que la política está presente en los tribunales, en los medios de comunicación, en las empresas constructoras… y de verdad no me explico cuál es el fin último de toda esta gente, qué es lo que para ellos justifica tanto esfuerzo, por qué consideran que los riesgos valen la pena. Mi madre siempre dice que es el poder, pero el poder en sí no es nada; mandar, sentirse respetado, tener compromisos y tomar decisiones por todo un país y que se te llene la cabeza de canas y envejecer 20 años en un lustro, eso es el poder y no puedo creer que nadie lo anhele tanto como para dedicar su vida a conseguirlo. Que los herederos de Quevedo, poderoso caballero, no me demanden por plagio, pero creo que es sólo el dinero lo que puede tentar a esta gente, lo que puede justificar tanto desmán. De esta manera se deduce que quien busca el poder político en España lo hace con el fin de llenarse los bolsillos, y poco honesto será tal político. Así que no creo en la política, y sé que tanto cinismo es triste a una edad en que el Che Guevara debería dominar las paredes de mi habitación.
Volviendo a la Germania, anoche compartí tapas (españolas) y confidencias con mi tutora, y salió el tema. Cuando me quejé de las continuas peleas españolas entre izquierda y derecha y prisas y copes, cuando le confesé la vergüenza que me daba esta situación y cómo envidiaba la política alemana, en la que todos los bandos pactan para aprobar leyes que consideran justas, entonces me miró con sorpresa y me dijo: “¡Pero si lo mejor que puede pasar en una democracia es que los partidos discutan!”. Wieso? Pues porque en Alemania el consenso es tal que ningún partido rechista, y algunos ciudadanos sienten que no existe realmente oposición y que TODA la clase política pacta para hacer su voluntad.
En fin, lo peor de todo esto es que el pasodoble electoral es pegadizo (y después de esta confesión, Nacho dejó de hablarme por siempre jamás…)