Cuando termino de escribir artículos para el blog, el programa me pregunta siempre en qué categoría quiero incluírlo: general, music… suelo pasar de las etiquetas, porque el blog me interesa más como contenedor donde verter mi contenido que como carpeta clasificadora. Pero, cuando se acerca el primer cumpleaños de la criatura, me he puesto a releer todo lo que he escrito en estos meses y me he dado cuenta de que me sobrarían con dos categorías: una de pensamientos abstractos y teorías para arreglar el mundo, y otra de diario de quinceañera donde dejo constancia de aventurillas cotidianas por miedo a olvidarlas.
Últimamente la categoría de pajas mentales gana por goleada, pero eso no significa que en la dimensión real no pase nada. Aquí va un resumen de los últimos siete días, para mi disfrute cuando vuelva a España y me pregunte cómo era mi vida aquí:
Me he apuntado a un curso de alemán cuyos alumnos darían para escribir no un artículo, sino un blog entero.
He viajado 16 horas de transbordo en transbordo y tiro porque me toca, para llegar al carnaval de Colonia y salir por allí 5 horas.
He perdído el sentío en la fiesta de Elías, hasta creer que de verdad me iba a morir allí (y era una lástima, porque me quedaba tanto por hacer a este lado del túnel… También fue una lástima porque la fiesta era bastante prometedora, y cuando volví de mi viaje sideral me obligaron a dormir y no me dejaron reengancharme).
He tenido problemas con el fisco alemán, y más tendré cuando mi contrato como profe entre en vigor (el director de mi instituto lleva un mes jugando al escondite conmigo cuando lo busco para ultimar los detalles).
Me ha pillado un taxi que literalmente pasó por encima de mi pie izquierdo dos veces (y, maravillas de la especie humana, como estaba concentrada contando lo que llevaba suelto para pagarle, ni me dolió ni me dejó secuelas, y esa noche bailé por Colonia disfrazada de esqueleto).
He conocido a una pareja de ejecutivos con estilo en el supermercado, en la sección de refrigerados-lácteos, subsección queso-con-trozos-de-salmón-incrustados, y después de debatir sobre la calidad del producto nos fuimos los tres a tomar una copa. Y, según nos sentamos en el bar, lo primero que dijo uno de ellos fue: “No somos pareja. No somos gays”. Puse mi mejor sonrisa de circunstancias y me bebí el vino de un trago.
También me he mosqueado bastante con una compañera de piso que está obsesionada con ahorrar calefacción y que se mete en mi habitación cada vez que salgo de casa para apagar mi radiador. El mosqueo está acabando con mi autocontrol y sé que NO vamos a hablarlo civilizadamente, aunque estemos en Alemania, porque estoy acumulando mucha mala leche mediterránea. A este asunto le cuelgo la etiqueta de “CONTINUARÁ” (espero que mi próxima entrada no se titule “Duermo bajo un puente y me faltan cuatro dientes”. Por la rima, digo).
Y, como último acontecimiento de la semana, le hice una tarta de chocolate a Cristina por su cumple y fue una de esas tartas de galletas con chocolate, típicas de mi infancia ochentera. Cuando la probé se me llenó el cerebro de música de Parchís, de cumpleaños en la hamburguesería África, de “hago chas y aparezco a tu lado”… (aunque mi compi de piso, la ahorradora energética, dijo que sabía a quemado… pero es que la magia de estas tartas sólo la conocemos quienes imitamos a Alaska y llevamos hombreras y mallas alguna vez en la niñez, y creo que este fenómeno fue ibérico 100%).
A lo mejor tiene razón Ruth, y resulta que soy hiperactiva…