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No es que se me hubiera olvidado el olor de mi casa: es que nunca se me ocurrió pensar que tuviera uno. Pero cuando llegué el miércoles lo reconocí, igual que reconocí la sensación familiar de humedad (aire pegajoso) cuando volví en agosto de Madrid. Ignoras todo esto hasta que lo echas de menos. Igual que desperté en Inglaterra un domingo y supe que era domingo porque oía a mi padre regar las plantas en la terraza, hasta que identifiqué el techo que tenía encima y me di cuenta de que estaba en Inglaterra, que no había terraza, que el ruido de agua era la lluvia repiqueteando en mi ventana. Pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que mi padre regaba las plantas los domingos por la mañana, y nunca se me había ocurrido que echaría de menos algo así.
Me recogieron las Icas del aeropuerto, hicimos tiempo hasta que mi hermano salió de clase y entré con él en casa… “Mira a ver, mamá, que está ahí fuera la de Círculo de lectores” ”Pero si ya nos dimos de baja” “Bueno, pero tú sal a ver qué quiere”… Y allí estaba mi madre, mirándome como si no me reconociera. Y cuando mi padre volvió del fútbol, igual. Qué bueno estar en casa y despertar el sábado por la mañana y escuchar de fondo la radio de mamá, a vivir que son dos días, y salir de la cama con la certeza de que tendré alguien con quien hablar y algo que hacer, aunque no haya hecho planes ni haya quedado con nadie. Echaba de menos todo esto, un motivo para salir de la cama los sábados por la mañana, robarles dos minutos a éstas para que me cuenten lo estresadas que van, oir de fondo las discusiones de papá y Pablo, ver que poco a poco mi habitación vuelve a ser un caos.
Al principio fue difícil, me desconcertó ver que la vida había seguido en Elche mientras yo estaba en Alemania (es una certeza, pero desconcierta. Igual que asimilar la propia condición mortal). Que las relaciones habían evolucionado, algunas nuevas han surgido y otras han acabado (algunas antes de empezar). Constatar que vivimos momentos diferentes, porque éstas se me han emparejado todas establemente y yo, en cambio, vuelvo a disfrutar del tonteo descarado entre solteros, sin discriminar por motivos de raza o religión (sí por motivos de sexo, no puedo evitarlo) Pero lo básico sigue, y el desconcierto inicial va remitiendo si se buscan puntos de referencia y se comprueba entonces que sólo cambia lo superficial, el decorado, pero la estructura del edificio sigue siendo la misma: mi gente.