Después de una noche de decepciones viene un día tristón; éste es el primero que tengo desde que vivo en Madrid. Y, viendo lo que voy a durar aquí, creo que será el último.
Se me ha ocurrido volver por el blog para leer lo que escribí hace tanto tiempo y buscar algo de mi esencia, una pista sobre quién soy (o quién fui, y reconstruir a esa persona). La primera sorpresa es que hay comentarios, que alguien ha leído esto y se ha tomado la molestia de comentar mis pajas mentales… gracias, seas quien seas! También me sorprende que lo que escribí en el último post son justo las palabras que necesitaba oír, la crónica de una Martita fuerte, la pista definitiva sobre la persona que debo reconstruir. Voy a buscar mi sintonía de nuevo, porque los últimos acontecimientos me han desafinado un poco y en este momento los acordes de mi piano suenan un poco discordantes.
Una vez más, la culpa es de un hombre. La culpa es suya, pero la culpable soy yo por pillarme. Desde el principio supe cuáles eran las condiciones, supe que no debía fiarme de él y que el romanticismo sólo es una capa de pintura para que el sexo no quede en un acto animal, carne sobre carne. Pero cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, ya le había entregado un cacho de mi corazoncito para que lo manipulara a su gusto… y así fue, hasta que anoche volví a sentir la humillación, la decepción, volví a pensar que todos son iguales, que no puedes fiarte, que da igual si les das lo mejor y te vuelcas, porque ellos no lo van a valorar. Me fui a casa solita (una vez más, pero esta vez ha sido la que más ha dolido), al borde del llanto, y recordé cómo fue la última vez, cómo me dormía entonces llorando en una cama enorme, vacía, mientras mi chico se marchaba a dormir al sofá. Entonces empezó el proceso de reconstrucción del que hablé en algún post, toqué fondo y conseguí volver a la superficie y nadar con mis propias manos. Anoche volví a tocar el mismo fondo, y aunque puedo culparle a él por no tener ni principios ni dignidad, lo que más me jode es que la culpable soy yo, y que (once again), Calamaro tenga la clave…. Le dije a mi corazón, sin gloria pero sin pena: “no cometas el crimen, varón, si no vas a cumplir la condena”…. Yo también se lo dije a mi corazón hace un mes, pero el mío va por libre y pasa de consejos… así me va. Cuando me quiera a mí misma un poco más me irán mejor las cosas, supongo. Mientras tanto cuento los días que me quedan para hacer las maletas y largarme, y vuelvo a la filosofía de “putea si no quieres que te puteen”. Así es como mejor me ha ido, andando un poco con uno y un poco con otro, sin dar ni pedir más de lo justito. Así se pillaban ellos y yo era la reina de corazones, hasta que me encontré con este cabrón que me ha dado un poco de mi propia medicina. Qué amargo, el amor.
Qué amargo, pensar ahora lo tonta que he sido. Los domingos malgastados en su casa, mirando cómo los puntitos de luz que se filtraban por los agujeros de la persiana caían sobre nuestra piel. Las noches de copas filosofando sobre la vida, el amor, los tiempos difíciles y la falta de motivación. La ilusión de recibir un mensaje por si era suyo, la preocupación de qué regalo comprarle para la despedida inminente, las maquinaciones en la tienda para provocar un encuentro fortuito… Y escucharle cuando me daba las gracias por haberlo ayudado a salir del hoyo (lo conocí hecho una mierda y lo he dejado tocando el cielo con las dos manos), cuando me decía que conmigo podía estar horas y horas hablando sin aburrirse, cuando ponía cara triste y se quejaba de que me vaya tan lejos… Incluso anoche, después de toda la decepción, seguí de copas con él y con sus amigos (pensé, por lo menos la noche de fiesta no me la va a amargar) y tuvo el valor de brindar por mí, porque soy lo mejor que le ha pasado en el último mes y medio. Cuando me notó disgustada y le sentencié “Tú solito te buscas la ruina, cari”, me contestó “No voy a intentar lo imposible”. Claro, ahora resulta que si tú eres un cabrón es por mi culpa, porque me voy… Salí del bar con la cabeza bien alta, con la minifalda bien corta (maestro sabina!) y con una sonrisa que se torció en cuanto pisé la calle. Mi frase de despedida: “Te he dado todo lo bueno que llevaba dentro, te he mandado abrazos los días que los necesitabas y, a pesar de todo, te voy a recordar con cariño”. Ojalá supiera enfadarme de verdad en momentos así.
En fin, después de todo esto creo que no me arrepiento. Arriesgué y perdí, pero arriesgué. Si me avergüenzo de algo es de haber sido demasiado buena, de haberlo llamado demasiadas veces y de haber cambiado demasiados planes por verlo. Pero si volviera a empezar volvería a hacer lo mismo, porque fue bonito mientras duró, porque fui feliz mientras viví esta mentira, y porque las heridas me las voy a curar y de todo esto sacaré alguna enseñanza.
Este es el post más personal que he escrito, siento si se parece demasiado al diario de una quinceañera pero necesitaba desahogarme un poco. Podría haber dado datos más personales, hablar de las salidas por Huertas, de las tiendas de la calle Hortaleza y los rumores que circulaban, de las cenas en McDonalds, las siestas en su casa y los pasados turbulentos de los implicados en esta historia… si no lo he hecho no ha sido por aquel miedo a que lo lea alguien conocido; es más, no me sentiré vulnerable si alguien de mi círculo lee todo esto, porque es mi vida y es mi error, y nadie puede juzgarme por haberme enamorado y haberlo dado todo. Si no doy datos más personales es porque es suficiente con lo que he contado, a mí me ha sobrado para coger fuerzas y volver a salir a la calle holding my head up high, aunque la procesión vaya por dentro.
Siempre me quedará la voz suave del mar, volver a respirar la lluvia que caerá sobre este cuerpo y mojará la flor que crece en mi, y volver a reír, y cada día un instante volver a pensar en ti.